Venga tu Reino

Redacción: Mtro. Juan Pablo Hernández Pérez
LF, LCT, MACL juan.hernandez04@iest.edu.mx
«Venga tu Reino» (Mt 6, 10). Es la segunda petición del padrenuestro, la oración que Cristo nos enseñó y que, según el evangelio de san Lucas, surgió de la petición de sus propios discípulos: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1). La repetimos tantas veces que quizá hemos dejado de preguntarnos por su significado. ¿Por qué seguimos pidiendo que venga el Reino de Dios si Jesucristo ya ha venido a instaurarlo? Estamos por celebrar la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.
Todas las cosas fueron creadas por Él y para Él (cf. Col 1, 16), y mediante su muerte y resurrección ha vencido al pecado y a la muerte (cf. 1 Co 15, 20-26). Cristo ya reina. Su Reino está presente entre nosotros, aunque todavía esperamos su manifestación definitiva. Así lo enseña el Concilio Vaticano II al explicar que la Iglesia constituye en la tierra el germen y el principio del Reino, cuya plenitud aguardamos (cf. Lumen gentium, 5). Por eso seguimos suplicando su venida, con la esperanza de que un día Dios sea todo en todos (cf. 1 Co 15, 28).
Pero ¿cómo debemos esperar a nuestro Rey? El Evangelio que escucharemos en esta solemnidad nos ofrece una respuesta que merece nuestra atención. Jesús anuncia que el Hijo del hombre vendrá en su gloria para juzgar a todas las naciones y separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos (cf. Mt 25, 31-46).
A quienes ha colocado a su derecha los llamará benditos y los invitará a recibir la herencia del Reino, porque dieron de comer al hambriento, acogieron al forastero, vistieron al desnudo y visitaron al enfermo y al encarcelado. Y ante el desconcierto de aquellos justos, el Rey les revelará que cuanto hicieron por sus hermanos más pequeños, por Él mismo lo hicieron (cf. Mt 25, 34-40).
¡Qué sorprendente manera de manifestar su realeza! El Señor que juzgará al mundo se ha identificado con los más pequeños. Él, que nos ha amado hasta el extremo, nos pide reconocerlo y amarlo en nuestros hermanos. El mismo Cristo que nos ha revelado la misericordia del Padre nos llama a ser misericordiosos.
La palabra misericordia reúne, en latín, la miseria (miser) y el corazón (cor, cordis): un corazón capaz de reconocer la miseria ajena y acudir en su ayuda. En hebreo, raḥamîm se relaciona con reḥem, el seno materno, y expresa esa compasión profunda, entrañable, con la que Dios ama a sus hijos, semejante a la ternura de una madre (cf. Is 49, 15; Juan Pablo II, Dives in misericordia, nota 52). Es la misericordia que Cristo nos ha enseñado a vivir cuando proclama: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7).
La misericordia, por tanto, no puede quedarse en un sentimiento pasajero. Reclama obras concretas como alimentar al que tiene hambre, consolar al que sufre, acompañar al que está solo, perdonar al que nos ha ofendido. Son las obras de misericordia que la Iglesia nos ha enseñado a practicar (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2447). Y es precisamente en ellas donde nuestra fe se hace visible y nuestra vida comienza a transparentar el señorío de Cristo.
El Catecismo nos recuerda que pedir la venida definitiva del Reino no nos aparta de nuestra misión en el mundo, sino que nos compromete todavía más con ella (cf. CIC, 2818). Por obra del Espíritu Santo, estamos llamados a cooperar con la gracia de Dios para que su justicia, su paz y su amor den fruto entre nosotros. El Reino es don de Dios, pero su presencia reclama también nuestra conversión y nuestra respuesta.
Sigamos, pues, pidiendo al Padre, con plena conciencia y con todo nuestro ser, que venga a nosotros su Reino. Dejemos que la paz de Cristo reine en nuestros corazones (cf. Col 3, 15) y se manifieste en nuestra manera de vivir, de servir y de amar. Porque el Rey cuya venida esperamos es el mismo que hoy sale a nuestro encuentro en el hermano que necesita de nuestra misericordia.





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